Poemas de “La casa de la playa”, de Mario Nosotti

Mario Nosotti, Nació en San Fernando, provincia de Buenos Aires en 1966. Editó la hoja de poesía Música Rara (2004-2006) y colaboró con distintas revistas culturales. Publicó los libros de poesía Parto Mular (Editorial Último Reino, 1998) y El proceso de fotografiar (Viajera Editorial, 2014). Ganó la Beca del Fondo Nacional de las Artes por un proyecto de investigación sobre la obra de Juan L. Ortiz. Actualmente colabora con la revista Ñ (Clarín) y la revista Los Inrockuptibles. www.musicararablog.wordpress.com.

 

JUNIO

 

Me voy por unos días. A buscarlos.

Es un celo constante guardar

ese poco de sol en un pequeño espejo.

Voy a desenrollar mi indecisión en el silencio.

Calles de tierra, mate y animales.

Un ritmo imaginario. Real que se me imponga.

Líbrame en este día de tener que elegir.

 

Poco después se encuentra en el tembladeral

del tiempo libre. Se deja suceder.

La mirada atraviesa los exvotos leñosos

de una forma tronchada. De lo que fue la huerta

flamean unos trapos, atados a las cañas.

Un pájaro en la viga va desnudando el grano

golpea la piedrita

y pudo ser el ruido donde alguien te llamaba

en el sueño de la noche anterior.

 

Acá no llegan cartas, no hay señal.

Entre los pinos sube el humo blanco

de los que cuecen algo.

 

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Hace más de seis meses navega entre dos casas.

Ahora se detiene. Escucha.

En un cuaderno aplica

lo que juzga importante.

 

Apartado de todo lo que amaba

su desierto lo condujo hasta acá.

 

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Partir como el que intenta desmontar

un conjuro

vérselas cara a cara

con ese mecanismo

el sol entre las ramas

el sonido envolvente

pájaros que se encastran

en bloques apilados.

 

Armar una figura

en la tenue insistencia de intuir

sendas en la mirada

la luz entre las hojas

los ojos o el hocico

que convienen o no

a los llamados

de una correspondencia

más cerca de la bestia

donde vive lo humano.

 

Entró por esa tarde

por esa casuarina

lo que asiste

 

estructura de luz

en la griega tragedia

 

había que volver y que alejarse

hasta hacer foco

hasta encontrar el grano

en eso incontrastable

ceguera que bombea

ir y venir de la ciudad a la casa

la ruta 36 la once

una cinta que tiene

sus rupturas

agujeros negros pozos

en donde la neblina del invierno

abre la flor espesa que en el ripio

se defiende y florece.

 
tapa nosotti

 

“Por tierras extrañas”, de Silvina López Medin.

“Así es el fuego” es el nuevo libro de poemas de MercedesAraujo, publicado por este Club Editorial en la Colección de Poesía “Ojo de Tormenta”.  Silvina López Medin leyó y escribió el prólogo, que compartimos a continuación:

Podría decirse que la escritura de Mercedes Araujo es peregrina. Que anda por tierras extrañas. O que anda por la tierra a secas, con el doble movimiento de volverla para el lector más extraña y más propia.

Peregrinas es un término que aparece varias veces en su libro anterior, Viajar sola. Me gusta decir “peregrina” para hablar de la poesía de Mercedes, palabra que el diccionario aplica a los distintos reinos: “dicho de una persona…”, “dicho de un ave…” “dicho de un animal o una cosa…”. Mercedes escribe sobre, y especialmente desde, todos los reinos. Hay en sus textos un hilo atado a la naturaleza, un hilo que cruza y borra sus fronteras. “Mi alma es menos mía y más la del caballo” decía ya en su libro de poemas, La isla. Ese borramiento, esa integración de todo con todo atraviesa este nuevo libro, Así es el fuego. Se plasma en el poema “Dos furias en una”, por ejemplo, donde una mujer y una perra corren bajo la luz del invierno. Sus cuerpos van juntos en un mismo nivel, andan mezcladas, “sus melenas reunidas”. Mercedes junta elementos como si nunca hubieran estado separados: “el frío, el viento, un abuelo” enumera, un “desierto…al borde del cielo”. Como en su novela La hija de la cabra, logra que el lenguaje y el sujeto se vuelvan paisaje. Y en eso también hay peregrinaje, en el andar de la poesía a la novela, ida y vuelta.

La escritura de Mercedes parece fundarse en la experiencia intensa, espiritual, del cuerpo, y lo que lo rodea, “nada más cierto/o incierto/que el cuerpo”, dice en “El ladrar estirado”. La idea de latencia y transformación, es decir de tiempo, recorre este libro. La madera, por ejemplo, está en las ramas con que en el primer poema se alimenta “un fueguito miserable/hasta sacarlo infierno”. Y también es madera el material con que está hecha la casa en otro de los poemas más potentes, “La casa del rey”. Así se van creando capas: algo se consume, algo crece, todo el tiempo. La casa de la infancia se desarma “tablón por tablón”, pero a su vez se trazan planos para lo que vendrá. Esa casa de la infancia que a su vez fue antes “stud”, casa de caballos. Una vez más lo animal y lo humano se cruzan.
Como un eco del título del libro, el poema “En las cien metamorfosis” sostiene: “así es el amor/cada tanto vuelve”. Así, acá el tiempo es el de la espera, el de saber esperar. La metamorfosis se traslada de la casa al amor, y hay un yo que reza, que se dirige a un otro sagrado, y es animal sin sangre, mariposa, sujeta a un alfiler o volando en el pico de un ave confusa.

Estas capas de tiempo también están presentes en la segunda sección del libro, que tiene que ver con la experiencia más concreta del viaje. “No existe Saigón, Ho Chi Minh/ es lo que vemos” comienza uno de los poemas. No existe Saigón pero nombrarla a su vez es extender su existencia, es ir más allá de lo que se ve, del nombre más reciente. La construcción del poema es también el ensamblaje de esas capas. Dejar “Ho Chi Minh” en el primer verso refuerza la idea de sucesión/simultaneidad, y ambos nombres quedan pegados al “No existe”. De modo que el segundo verso se vuelve más potente al ofrecer una doble lectura: lo que vemos es Ho Chi Minh, y también: no existe ni un nombre ni otro. Así el foco se traslada a eso que vemos. En el tercer verso hay un movimiento que condensa “pero el mismo mar vegetal”, una vez más lo que persiste por y más allá de la palabra, fluye como el agua, reforzado por las tres “ms” (vemos-mismo-mar). Luego los nueve dedos, una imagen impar que genera la sensación de falta y tiñe el resto del poema.

Decía que la escritura de Mercedes es peregrina. Una palabra que en su séptima acepción, “Que está en esta vida mortal de paso para la eterna”, también hace al tono de este libro. “¿Es triste o es alegre?” Es triste y es alegre, celebratorio. Con un fondo de serenidad propio del que se entrega a los otros, lo otro, cree. O del que, como en el poema “Una tormenta”, a pesar de la tempestad, duerme, tal vez porque acepta: el fuego y el agua, la contención y el estallido.

Así es el fuego es un libro de ritmo firme y sereno, atravesado por la idea que se explicita en el poema que le da título: “parece que ocurre/en el centro ardiente…/pero es en los bordes”. “Así es”, nos dice. Empieza con un gesto afirmativo, sigue con la confianza de quien ha andado por encima de las brasas y sabe de qué se trata: observar con cierta distancia necesaria, desde los bordes, eso que no deja de arder.

Silvina López Medin

“El que camina solo”, por Mario Arteca

“La casa de la playa” es el nuevo libro de poemas de Mario Nosotti, publicado por este Club Editorial en la Colección de Poesía “Ojo de Tormenta”. Mario Arteca leyó y escribió el prólogo, que compartimos a continuación:

Este libro de Mario Nosotti podría tratarse de un texto contemplativo, reflexivo, sobre las formas en las que el ocio se nos coloca delante nuestro sin que lo llamemos, sin que haya de por medio una convocatoria. La casa de la playa, sin intervención narrativa, me recuerda algunos pasajes de Tres poemas, de John Ashbery, en donde el microclima de unas vacaciones deriva en un estado mental asociativo que reasegura llegar a complejas mutaciones del pensamiento, sean filosóficas, experimentales, introspectivas, etc. Pero el libro de Mario arriba a otras conquistas desde una misma deriva. En uno de sus poemas (ninguno tiene título, sino que se trata de series determinadas por los meses donde el receso se vuelve eficacia de la observación), en uno de sus poemas, decíamos, se afirma que hay “una nueva alegría de estar entre las cosas, / moverse entre los nombres, / sin tener que buscar la conjunción.”, y ese “moverse entre los nombres” es circular sin destino seguro en el lenguaje, despreocuparse de la mitología del sentido, ya que el objetivo de mirar no es ser observado sino fabricar un propio estado de propagación de los efectos que la lengua va provocando.
Lo que surge también, en esa microscopía de los escenarios del descanso que propone Nosotti, es encontrarnos con paisajes deshabitados de una ciudad cuyo turismo parece destinado a pocas personas, y que a lo largo de los textos incorporará desde el improvisado vacío un tono interno que inocula la voz del poeta. También se escucha o lee una voz púdica donde se envuelven estos poemas de La casa de la playa, como si los gobernaran esos tonos bajos con que la intimidad reproduce su mecanismo de atracción. Sin embargo, los escritos de Nosotti parecen avanzar hacia una escenografía sin coreógrafo y donde da la impresión que abunda una melancolía controlada. Algo ha sucedido, o está por ocurrir, sobre todo en ese poema donde se afirma, con un lirismo desarmante que “En este caminito está su despedida / eso que raspa o duele y pronto es la añoranza / de un ardor que hace meses no existe.” La finísima percepción del autor nos intima a obedecer las reglas de los climas que propone, y esa es la condición, el estatuto invisible que comercian estos textos a medida que avanza el libro, como si camináramos sin rumbo fijo en una ciudad que no siempre nos contiene ni nos reconoce. ¿Qué otra cosa es el ocio, incluso el ocio creador?
Por otra parte circula por esta obra de Mario Nosotti la noción de pérdida, y no cualquier pérdida, sino una que se transforme en los distintos cuerpos familiares: una hija, una amante, que por sí mismas son el peso del mundo del autor pero también el paso de un tiempo donde la reflexión y el relax semejan sinónimos posibles de un encuentro con el cuerpo propio. Supongo que era Foucault quien aseguraba que “las personas, en los momentos de ocio, reproducen más que nunca la institución familiar”, salvo que aquí la literatura de Nosotti está encriptada en la dinámica de los vaivenes de las olas (y otra vez Ashbery, en este caso su poema Una ola), y por consiguiente marcan el procedimiento de las necesidades de acción del reducto de cualquier enmienda implosiva: lo que baja hacia lo íntimo más tarde sobresale (en esta caso la escritura), como una cuña labrada por las marcas tardías que dejan los cuerpos de los otros, los propios y ajenos, done lo sensible es elevado al nivel de la apariencia, y no apunta ya a sí mismo sino a una realidad, nacida de los reconocidos y casuales encuentros fortuitos del lenguaje. Lo dicho emparenta en superficie algo hegeliano, pero no lo es, porque los conceptos no se repiten, y en este caso, en el La casa de la playa los mismos se desmarcan por interpósita construcción.

En la última sección de este libro de Nosotti (que rompe con la enumeración estructural del libo donde programa los del meses de ocio como capítulos, y se dirige enseguida y sin escala a la combustión de los elementos más cercanos, esos “rescoldos” que son la purificación de todos sentimiento) se inscribe un epígrafe del gran poeta Héctor Viel Temperley. El mismo dice: “Hablo de todas las horas y de todos los días / y de todas las estaciones y de todos los años”. Salvando las distancias (no muchas) replica con su distorsión algún segmento, sobre todo del comienzo, de los Cuatro cuartetos, de T.S. Eliot, esa espiral temporal que implica todo un tiempo y además todos los tempos en un mismo criterio de continuidad. En ese paso del movimiento del pensamiento de Nosotti está la paráfrasis del libro: no es “el hombre que nada”, sino “el hombre que camina solo”.
¿Quién dijo que nadar implica una posible sumersión, si se puede hacer lo mismo desde lugares insospechados?

MARIO ARTECA