Carolina Bruck: “El ojo en la paradoja”

El viernes 18 de noviembre del 2016, se presentó en San Telmo el libro de cuentos “No tenemos apuro”, escrito por Carolina Bruck y publicado en la Colección Narrativa “Sinfonía Emergente”. La autora leyó un texto especial para la ocasión:

Mi mamá es arquitecta. De chica recorrí con ella distintas ciudades de Argentina con la mirada puesta en las construcciones. Fanática de Le Corbusier, de Mies van der Rohe, de todo el movimiento moderno, la vieja era una especie de detective que en los sitios más ignotos buscaba obras perdidas de algún discípulo de estos arquitectos, que tomaban elecciones estéticas a partir de la idea de funcionalidad. La arquitectura más interesante no era la que llamaba la atención sobre la superficie, me decía, sino esa en la que el arte estaba ligado a la vida. “¿Ves el modo en que se cuela la luz por esa ventana?”, me preguntaba. Después, relataba (como si la hubiera visto) la cotidianeidad de los supuestos habitantes de la casa y terminaba con una conclusión: “tiene sentido”.

Por esa época, tendría unos nueve o diez años, ya leía bastante literatura pero no escribía. Lo que hacía era dibujar planos. No existían programas de diseño como el autocad, así que le pedía prestados a mi mamá su estilográfica, su regla T y papel manteca, y me sentaba en el tablero inclinado a intentar apropiarme de sus códigos de dibujo técnico (me costaba horrores) en el diseño de lo que casi siempre eran plantas de departamentos chicos, solo con lo necesario para vivir; ubicados en medio de la ciudad, pero rodeados de una terraza enorme con jardines, árboles y pileta. Esa era mi idea de una casa ideal. A los espacios destinados a cubrir las necesidades vitales básicas (de los que me hablaba mi mamá arquitecta) les sumaba otros ligados al disfrute sensorial. Algo de esos departamentitos subsistió, creo, en mi actitud hacia la escritura de ficción: un poco de buscar el sentido, otro poco de retozar en la pelopincho del lenguaje. Pero además, se me ocurre, también queda de esa foto una acción: la de trazar planos que, a su vez, se van a integrar en un espacio mayor, en un mapa. Ahí empieza el desafío.

Escribir ficción es, muchas veces, una forma de cartografiar nuestro espacio de origen, que conforma al mismo tiempo nuestro mito de origen. Pero qué pasa cuando el espacio a cartografiar, tu ciudad natal, se presentó en tu vida antes croquis que experiencia, porque así fue concebido: una cuadrícula perfecta pensada milímetro a milímetro, diagonal por diagonal, plaza por plaza, tilo por tilo, por un ingeniero francés. Qué te queda. Desarmar el mapa, retorcerle las diagonales, expandirlo. Al menos buscar ese resquicio donde Pedro Benoit le erró al cálculo. O si no, cuando nadie te vea: huir. Nacer de nuevo en distintas ciudades y en distintas épocas: La Habana, Madrid, Barcelona, Nueva York, Brody, Almagro (sí, claro que Almagro es una ciudad). Algo de esos dos movimientos intenté, creo, en mi escritura y en este libro. Más por curiosidad que por nostalgia. Horadar la ciudad herida o escapar hacia otras ciudades heridas. Ciudades en estado crítico. Por eso el epígrafe de Olga Orozco, que es ante todo una expresión de deseo: “Mi cabeza es estrecha pero guarda recintos capaces de albergar varias ciudades en su frágil desván”. Me meto en el desván con estos diez cuentos acompañando a otros seres que, como yo, pasan por el mundo como personajes secundarios. Siempre me gustó esa frase que es un poco un oxímoron “mejor actor secundario”. Me sentiría muy feliz con ese premio, en ese gremio. Esos seres, como yo, atraviesan situaciones paradójicas. Intento poner el ojo en las paradojas: algunas inadmisibles; otras, inevitables e inofensivas. Entre ellos, quedaron reunidas en el libro muchas madres e hijas, de esto me di cuenta después. Hijas que reniegan de sus madres, hijas que son madres de sus madres, madres que reniegan de sus hijas. Será que hay algo de esa relación que tengo que estar interrogando todo el tiempo. “Todos los exilios vienen del útero”, escribía Gabriel Báñez. Y empecé este texto con una anécdota de mi madre.

Pero estábamos hablando de ciudades, y esta judía errante quiere contarles algo. En la esquina de mi casa en Almagro, donde vivo desde hace más de quince años, tenemos un café. Se llama Los Caminantes. Ahora está cerrado por reformas y tiemblo. Ya escribí sobre ese lugar una vez en un ensayo. Cuando recién llegaba a Buenos Aires y no vivía en el barrio, íbamos mucho a ese café. Lo atendía un pelado de bigotes que, para mí y para otros platenses que pasaban, era la misma persona que vendía los pasajes en la terminal de ómnibus del Río de La Plata, en Once. Era lógicamente imposible que fuera el mismo, pero también imposible que no lo fuera. Muchas veces jugábamos a pedirle boletos cuando venía a atender la mesa. Cuando me mudé a la calle de Los Caminantes, que no es una calle sino un pasaje, entendí todo. Ese lugar estaba siempre lleno de gente que leía, que escribía. Y tener al bigote ahí, detrás del mostrador, me recordaba que, aunque viviera escapando, siempre podía volver a mi geométrica, simétrica, hipnótica ciudad natal.

 

Carolina Bruck

Ilustración: Gabriel Lamoretti para el cuento “Qué picardía”, incluído en el libro.