Presentación de Carlinga por Paula Jiménez España: “Es una suerte de diccionario engañoso: (…) indefine, despista, desorienta, no “mata burros” si no que los hace vivir.”

El viernes 4 de noviembre, se presentó en “El Espacio”, nuestra casa, tres títulos de poesía. Uno de ellos fue “Carlinga”, diccionario poético de María Eugenia López y Javier Norambuena-Ureta, comentado por Paula Jiménez España. Aquí, su lectura:

Por empezar, ¿qué es Carlinga? Carlinga, el libro, es una suerte de diccionario engañoso. Y engañoso por varios motivos. El primero es que si trabaja con el tópico del diccionario, no cumple con la función de definir, sino que dispara sentidos asociados, o lejanamente asociados a las palabras a las que los poemas refieren. Es decir: indefine, despista, desorienta, no “mata burros” si no que los hace vivir. Pero este primer engaño es justamente la apuesta y la pregunta: ¿un diccionario, el Larousse por ejemplo, define? Carlinga pone en evidencia que el lenguaje instala una convención que puede ser otra y que incluso puede no ser convencional. ¿Una serie de aproximaciones poéticas a palabras ordenadas alfabéticamente sería entonces Carlinga? Tampoco. Porque aquí es donde aparece el segundo de los engaños. En verdad, los poemas que componen este libro no parten de una consigna dada por una palabra sino de la letra con la que esta empieza, así es cómo nos encontramos con A de animal, H de hijo o Q de quiebre, es decir, con un abecedario. Y porque es esa letra inicial lo importante, en el lugar de la palabra elegida puede haber otra. Por ejemplo, la E de escritura podría ser la del nombre más común de un paquidermo. Dice María Eugenia López, en algunos de los fragmentos de este texto: “Aquí hay digo tiene que haber un elefante. Es una estructura dentro de una estructura dentro de un poema. Es el cuerpo que está en la casa que rodea la voz.(…) Un elefante es una estructura de cosas blandas pero firmes que tienen forma y contenido. El contenido es la voz y se siente húmedo y tantea las paredes porque está oscuro. Un elefante no es un niño ni es una palabra en cualquier lengua. (…)No es un animal porque si no sería algo que está dentro y podría moverse y no porque es algo rígido o semirrígido que cubre todo el resto. Entonces todo poema es un elefante y yo soy un niño”. Exactamente, todo poema es un elefante y un niño y un poeta tantísimas veces se expresan simultáneos sobre el mismo papel. En definitiva, siempre se está hablando del lenguaje, toda palabra está hecha y deshecha por la escritura, antaño Saussure nos puso en autos: no hay relación alguna con la cosa, la arbitrariedad del lenguaje es su regla, una regla violenta que impone una dirección al pensamiento sistematizándolo. Por suerte viene a socorrernos la poesía que legitima esta desrelación entre el sonido y la materialidad y crea planos de existencia, que no solo están liberados de esta obligación de correspondencia, sino que además encuentran en este vacío su motivo, su goce. La poesía es una suerte de terrorismo que tira su molotov al enunciar por ejemplo: “La encona su huella del cuerpo a cuerpo, serpentinamente la derrumba ese decorado al tratarse de cosas menos alisadas. De las dos palabras de la lengua que conoce elige esa parte viva. La niña de grande entenderá el juego siniestro de sus papelitos. Así masticará, ahí recién sopesará el peso de las piedras sobre las rodillas”. Este fragmento, provocador en su interés de atentar contra lo que del lenguaje se espera, pertenece a C de chorreo y está escrito por Javier Norambuena, el otro autor de Carlinga, junto a María Eugenia. Para este proyecto, ambos imaginaron a Carlinga como una suerte de manual loco, una estructura en la que la lengua bucea en sus posibilidades creativas, es decir desestructurantes. Para eso, la lengua se interna en el propio sistema de significaciones aunque también en diálogo con la resonancia colectiva, es una lengua que se torna anárquica sobre todo en los textos de Norambuena, que no se dispone a hacer concesiones fácilmente, sino que hace trabajar a los lectores, acompañarlo activamente en su camino asociativo. En V de Vestido, dice: “Amparar y aparatar un truco genital. La transaca del ropaje ulterior. Estos apelativos, del cuero duro, desa jeta de anticipo en celebración cumpleañera. Desazonar el tiempo lento avistando el río cuadrará la pérdida del conteo remitido a un suelo. El prolegómeno ausente de sí mismo en jornada completa, y en ese esplendor otear el lazo recóndito, la voluta pendiente del ánimo carnívoro donde nada pueda liberarse”. En el capítulo O de oblongo, María Eugenia López describe a la lengua como una especie de pulsión voraz que va hacia sí misma, no hacia el exterior, no hacia el acto comunicativo: Lo más oblongo del cuerpo es la lengua, y va para adentro, bien adentro, como queriendo apropiarse de nosotros, dice. ¿Qué clase de bicho es la lengua entonces, cuyo motor vital es apropiarse de las subjetividades? Asocio con este movimiento libidinal a la serpiente bíblica: la lengua poética como encarnación de un deseo no dominable por la iglesia o por el Estado, una cañita de pescar que va hacia adentro tirando el anzuelo de la diferencia, de la heterogeneidad, de lo diverso. Los poemas no tienen técnica, decía Alberto Girri, a cada poema le corresponde una técnica distinta. Es decir, la poesía se resiste a las reglas, a la idea del rebaño, que no es el baño de una oveja concheta como decía el chiste de mi adolescencia pero que tampoco es el rebaño como convención colectiva, porque cada cual tiene adentro suyo su propia idea de lo que un rebaño es. Y es esto básicamente lo que Carlinga nos quiere decir ejemplificando con dos miradas en particular, dos miradas que se diferencian claramente entre sí. Podría decirse que María Eugenia construye un tono más lírico y musical, comparado con el de Javier quien no duda en enrarecer las construcciones e incluso poner palos en la rueda para que nuestra tentación de comprender se frustre. Tampoco podría decirse que López nos da todo servido: en A de animal, la autora parece plantear una suerte de enigma, de adivinanza que se devela al final. Dice: “Un animal es algo que no puede cagar en ningún lado. Alguien de cuyo excremento debe hacerse cargo otro, juntarlo, invisibilizarlo. Si llamamos objetivación a la materia fecal expulsada del cuerpo, un animal es pura subjetividad. Hablo de animales domésticos”. Es interesante como parte de una generalización que después no resulta serlo. Es como la psicología del prejuicio o la del miedo: primero no se advierten las diferencias en el afán de protección. Particularmente de todos los poemas de María Eugenia, L de límite es uno de los que más me conmovió, dice: “Este amor por las muchachas que mi cuerpo no ignora. Este deseo que no sabe. Las muchachas que no ignoro, que no puedo acordarme, que deseo. Este amor que no sabe. Esta muchacha que no desea, que ignora mi cuerpo, que no sabe que desea. El ruido de los frenos de repente. No recuerdo este amor, pero el cuerpo no ignora. Esta muchacha me olvida, aunque no lo sabe. Y yo que me sentía el centro, pero era un ruido de repente. No sé, no puedo recordarlo. Ella era una muchacha y yo este amor frenado. No, este deseo”. No me sorprende que con este mismo disparador, el límite, Norambuena también encuentre asociaciones corporales, ya que el cuerpo es el ensayo primero, el más a mano que tenemos para incorporar la noción de límite: “Del cuerpo a cuerpo, la pose arraiga delante a mí todo lo inhabitual de los saltos del frente”, dice. Ahora, antes de terminar, vuelvo a Carlinga. Según el diccionario Carlinga es algo así como la cabina de control de los aviones, el lugar desde el cual se comandan los vuelos, una especie de panóptico. López y Norambuena, como buenos capitanes de a bordo, se resguardan en la cabina del lenguaje. Mezclados en una obra conjunta donde no se separan las haciendas de la propiedad intelectual, se dejan hablar por su poesía y dirigen el viaje de las y los lectores, en cada tramo de este bello libro, de la a a la z.

Carolina Bruck: “El ojo en la paradoja”

El viernes 18 de noviembre del 2016, se presentó en San Telmo el libro de cuentos “No tenemos apuro”, escrito por Carolina Bruck y publicado en la Colección Narrativa “Sinfonía Emergente”. La autora leyó un texto especial para la ocasión:

Mi mamá es arquitecta. De chica recorrí con ella distintas ciudades de Argentina con la mirada puesta en las construcciones. Fanática de Le Corbusier, de Mies van der Rohe, de todo el movimiento moderno, la vieja era una especie de detective que en los sitios más ignotos buscaba obras perdidas de algún discípulo de estos arquitectos, que tomaban elecciones estéticas a partir de la idea de funcionalidad. La arquitectura más interesante no era la que llamaba la atención sobre la superficie, me decía, sino esa en la que el arte estaba ligado a la vida. “¿Ves el modo en que se cuela la luz por esa ventana?”, me preguntaba. Después, relataba (como si la hubiera visto) la cotidianeidad de los supuestos habitantes de la casa y terminaba con una conclusión: “tiene sentido”.

Por esa época, tendría unos nueve o diez años, ya leía bastante literatura pero no escribía. Lo que hacía era dibujar planos. No existían programas de diseño como el autocad, así que le pedía prestados a mi mamá su estilográfica, su regla T y papel manteca, y me sentaba en el tablero inclinado a intentar apropiarme de sus códigos de dibujo técnico (me costaba horrores) en el diseño de lo que casi siempre eran plantas de departamentos chicos, solo con lo necesario para vivir; ubicados en medio de la ciudad, pero rodeados de una terraza enorme con jardines, árboles y pileta. Esa era mi idea de una casa ideal. A los espacios destinados a cubrir las necesidades vitales básicas (de los que me hablaba mi mamá arquitecta) les sumaba otros ligados al disfrute sensorial. Algo de esos departamentitos subsistió, creo, en mi actitud hacia la escritura de ficción: un poco de buscar el sentido, otro poco de retozar en la pelopincho del lenguaje. Pero además, se me ocurre, también queda de esa foto una acción: la de trazar planos que, a su vez, se van a integrar en un espacio mayor, en un mapa. Ahí empieza el desafío.

Escribir ficción es, muchas veces, una forma de cartografiar nuestro espacio de origen, que conforma al mismo tiempo nuestro mito de origen. Pero qué pasa cuando el espacio a cartografiar, tu ciudad natal, se presentó en tu vida antes croquis que experiencia, porque así fue concebido: una cuadrícula perfecta pensada milímetro a milímetro, diagonal por diagonal, plaza por plaza, tilo por tilo, por un ingeniero francés. Qué te queda. Desarmar el mapa, retorcerle las diagonales, expandirlo. Al menos buscar ese resquicio donde Pedro Benoit le erró al cálculo. O si no, cuando nadie te vea: huir. Nacer de nuevo en distintas ciudades y en distintas épocas: La Habana, Madrid, Barcelona, Nueva York, Brody, Almagro (sí, claro que Almagro es una ciudad). Algo de esos dos movimientos intenté, creo, en mi escritura y en este libro. Más por curiosidad que por nostalgia. Horadar la ciudad herida o escapar hacia otras ciudades heridas. Ciudades en estado crítico. Por eso el epígrafe de Olga Orozco, que es ante todo una expresión de deseo: “Mi cabeza es estrecha pero guarda recintos capaces de albergar varias ciudades en su frágil desván”. Me meto en el desván con estos diez cuentos acompañando a otros seres que, como yo, pasan por el mundo como personajes secundarios. Siempre me gustó esa frase que es un poco un oxímoron “mejor actor secundario”. Me sentiría muy feliz con ese premio, en ese gremio. Esos seres, como yo, atraviesan situaciones paradójicas. Intento poner el ojo en las paradojas: algunas inadmisibles; otras, inevitables e inofensivas. Entre ellos, quedaron reunidas en el libro muchas madres e hijas, de esto me di cuenta después. Hijas que reniegan de sus madres, hijas que son madres de sus madres, madres que reniegan de sus hijas. Será que hay algo de esa relación que tengo que estar interrogando todo el tiempo. “Todos los exilios vienen del útero”, escribía Gabriel Báñez. Y empecé este texto con una anécdota de mi madre.

Pero estábamos hablando de ciudades, y esta judía errante quiere contarles algo. En la esquina de mi casa en Almagro, donde vivo desde hace más de quince años, tenemos un café. Se llama Los Caminantes. Ahora está cerrado por reformas y tiemblo. Ya escribí sobre ese lugar una vez en un ensayo. Cuando recién llegaba a Buenos Aires y no vivía en el barrio, íbamos mucho a ese café. Lo atendía un pelado de bigotes que, para mí y para otros platenses que pasaban, era la misma persona que vendía los pasajes en la terminal de ómnibus del Río de La Plata, en Once. Era lógicamente imposible que fuera el mismo, pero también imposible que no lo fuera. Muchas veces jugábamos a pedirle boletos cuando venía a atender la mesa. Cuando me mudé a la calle de Los Caminantes, que no es una calle sino un pasaje, entendí todo. Ese lugar estaba siempre lleno de gente que leía, que escribía. Y tener al bigote ahí, detrás del mostrador, me recordaba que, aunque viviera escapando, siempre podía volver a mi geométrica, simétrica, hipnótica ciudad natal.

 

Carolina Bruck

Ilustración: Gabriel Lamoretti para el cuento “Qué picardía”, incluído en el libro.