Rodolfo Edwards: “Los tres berretines”

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El 8 de julio del 2016, Rodolfo Edwards presentó en Capital Federal, junto a Daniela Pasik, el libro “Cerrá cuando te vayas”, de Horacio Fiebelkorn. A continuación, su parecer.

Abrí Cerrá cuando te vayas con la confianza con que uno abre la heladera en la casa de los amigos. Y en la heladera de Horacio encontré de todo, como si recién hubiese descargado el changuito del súper.

Cuando veo una película, la califico según las veces que miro el reloj: cuanto menos veces lo miro, la puntuación se eleva. Algo parecido me pasa con los libros: cuando un libro me gusta, me dan ganas de escribir, de plagiarlo, siento un picor en las manos que me impulsa a enancarme a lo que acabo de leer. Experimenté esa sensación cuando termine de leer Cerrá cuando te vayas: no sólo me dieron ganas de escribir, sino que me sentí parte de las historias que tan bien desgrana Horacio. Pertenecemos a la misma generación, años más, años menos. Crecimos en un tiempo marcado por represiones, violencias institucionales, barriales, escolares. Somos del club de los que todavía nos tanteamos la camisa, antes de salir a la calle, para ver si no nos olvidamos el documento de identidad. Tal vez esa sea una de las grandes virtudes del libro: la voluntad de hacer una captura de pantalla de las cosas que se escapan en los caprichosos laberintos de la memoria. Hay algo cierto: no podemos dejar de recordar, y no en vano, Horacio puso ese epígrafe de Levrero: “Lo que me interesa es recordar, en el antiguo sentido de la palabra (= despertar)”. Somos como una cañería tapada, por más que intentemos destaparla, todo vuelve a salir afuera y se agranda “como sorete en kerosén” (una de las tantas frases que me enseñó Horacio en nocturnas caminatas).

Horacio deja germinar sus porotos en los baldíos de la memoria social, narrando situaciones arquetípicas que se repitieron en ciudades argentinas durante aquellos primeros setentas del siglo pasado; esto se hace evidente en textos como el encantador “El galpón de la libido”, donde se narran las peripecias seminales de adolescentes que se hacían la rata, en un cine “prohibido para menores”. Pocas veces leí una línea tan contundente: ”la ciudad tenía un lugar que era su peso en guasca”. Cross a la mandíbula… ¿Cómo no acordarme de que a mí me pasó lo mismo en el Pablito Podestá de Parque Patricios, donde nos dábamos con la Coca Sarli en continuado o en aquel otro, el National Palace de San Cristóbal, donde los acomodadores hacían la vista gorda para que los pendejos pasemos a ver las desventuras del semental italiano Lando Buzzanca. Quizás allí vi por primera vez una teta de celuloide. Y se me viene a la memoria otro de los hallazgos conversacionales de Horacio: “en el cine argentino, el que coge, muere”.

Y en ese aflorar de los recuerdos, Horacio no tiene piedad por esos sujetos que salen alborotadamente de la caja de Pandora, como rajando de un edificio en llamas. La mente humana siempre es un edificio en llamas pero los poetas como Horacio tienen la suerte de ahogar el fuego en un mar de palabras y envasar la angustia en esas cápsulas de tiempo que algunos llaman literatura.

Cerrá cuando te vayas participa de un género inefable; hay destellos de crónica, semblanzas urbanas, historias de vida, perfiles de tipitos que se llevó la corriente, borrados del mapa por una guadaña imperceptible y eficaz, poesía rantifusa de estaño y bodegón. Pero Horacio nunca pierde de vista el discurrir de un contexto histórico y social que nos tocó sufrir en carne propia a todos los cogeneracionales. Hice un link con otro libro que quiero mucho: La ciudad ilegible del periodista y poeta Enrique Carné, una recopilación de sus notas en diarios que son un muestrario tragicómico de la sociedad rosarina. Y también me acordé del dibujante Calé y su Buenos Aires en camiseta.

Horacio se pone un sombrerito de papel diario y usa la espátula para remover capas de pintura de las paredes de su ciudad natal, y encuentra pinturas anteriores, viejos empapelados con filigranas imposibles, un trazo de crayón, algún clavo que sostuvo un retrato, hasta que llega por fin a la materia desnuda, al hueso de la calavera, al origen, donde ya no queda otra que empezar de nuevo, cambiando de piel para seguir siendo el mismo.

Cuando éramos chicos, se hablaba de dos tipos de música: la “progresiva” y la “complaciente”. Cerrá cuando te vayas no es complaciente, no alivia, todo lo contrario: cuestiona ese pasado, ajusta cuentas con quien lo merece y rescata del naufragio a compañeros de ruta, a ciertas aves de paso que dejaron alguna línea marcada en el cielo nuboso de alguna jornada platense como el extraordinario “Travolta”, el pibe “Odol Pregunta” o el temible Negro José Luis, la Gran Bestia Pop que arrasaba todo a su paso como un Godzilla tripero. Y por supuesto el rock and roll, fuente de toda razón y justicia, nuestro bálsamo y contraseña. Pescados con rabia en el aquelarre, manales de almendras.

Me sorprendió el epílogo del libro, lugar que los escribas solemos reservar para los agradecimientos familiares y amistosos; Horacio no desperdicia ese espacio y se despacha con una honda y conmovedora reflexión. Frutilla caída por la pendiente de una Copa Melba.

No cerré cuando me fui, porque me quedé a vivir en la casa de Horacio, hace ya mucho tiempo. En esta casa encontré discos de Darnauchans y Grateful Dead, de Canned Heat y de Kuberito Díaz, encontré libros de poemas y radios domingueras donde el Pincha gana sobre la hora, de atropellada, en montonera. Horacio pita su enésimo faso y el humo distorsiona fondo y figura, la memoria es una foto movida y a veces una carta aguada por el tiempo: hay que reconstruir los hechos.

No cerré esa puerta, porque tengo la certeza de que seremos amigos para siempre en esa casa con patio donde brillan a la luz de la luna nuestros tres berretines: el fútbol, la música y la poesía.

Rodolfo Edwards.

Daniela Pasik: “El Neil Young de nuestros kurts cobains”

El 8 de julio del 2016, Daniela Pasik presentó en Capital Federal, junto a Rodolfo Edwards, el libro “Cerrá cuando te vayas”, de Horacio Fiebelkorn. A continuación, su parecer.

 

Una vez, en noviembre de 2013, Horas me pidió que sea su plan B a la hora de presentar un libro, por si su plan A no llegaba. En el resto del planeta, lleno de egos ridículos y falsas posturas (como es el mundo en general, y muchos en particular), eso podría haber sido raro, incluso jodido. O no sé qué. Me imagino a la tilinguería de la que solemos reírnos con Horas con las entrañas retorcidas por algo así. A mí me encantó.

En nuestro mundo, el que habitamos con Horas y otros pocos dementes divinos y adorados, eso que me pidió es un elogio. Porque es verdadero, bruto, confianzudo, familiar, hermoso. La sinceridad bestial, saber que se cuenta con el otro al cien por cien, quererlo aunque te pueda dejar plantado, pedir backup por las dudas, la arenga constante para hacer cosas, una agretitud base que es en realidad puro amor, todo eso trae Horas a nuestra mafia positiva de la que, claro, por prepotencia de carácter, él es el padrino.

Aquel texto que nunca leí en público sobre El sueño de las antenas (librazo poderoso editado por VOX, de poemas), y del que voy a autorrobarme algunos fragmentos, se titulaba: Horacio Fiebelkorn poeta DT Neil Young boxeador. Ese título es porque Horacio es poeta, pero no cualquier poeta. Es un poeta iracundo que supo capitalizar su enojo para enrostrar sentido y sentimiento desde sus versos. Con esa potencia trabaja también este, su primer libro de narrativa.

DT le dije porque es un Director Técnico, al menos de la poesía de los que tenemos la suerte de que nos lea. También es un artista de la conversación que enhebra este talento de decir cosas a lo largo de mates y cigarrillos. Cerrá cuando te vayas es lo más parecido a charlar con Horas. A quien me gusta decirle Horas, con s, como al tiempo, porque está siempre. No sólo amistosa y profesionalmente, sino que está en su literatura. Es él, es él el que me llevó a pasear por La Plata en la década del 70 sin que me diera cuenta. Y leí el libro como cuando charlamos: riéndome como patán el perro, un poco adolorida por los knockouts, pero aceptándolos porque son certeros. Por eso también le dije boxeador en aquel título.

Neil Young fue un chiste: es porque, harto de tanto piberío grunge ya crecido que somos algunos de los que formamos parte de su mafia positiva, una noche que nos retaba para ya irnos a dormir, ya basta de beber, me tomo este taxi, vamos, vamos, lo sentimos así: el Neil Young de nuestros kurts cobains. Un estado al que pretendemos llegar, si llegamos.


Cerrá cuando te vayas es “la primera novela de Horacio Fiebelkorn, publicada por Club Hem Editores, en el marco de su colección de narrativa Sinfonía Emergente”, dice la invitación. Es verdad, es una novela, algún equivocado podría decir cuentos, crónicas o aguafuertes, un pelotudo podría decir prosa poética. Para mí es como una reinvención del periodismo bonzo, que pone de frente el pasado en vez de experimentar algo para contarlo, cuenta algo ya experimentado y se lo hace vivir a los lectores. Es un híbrido maravilloso y demoledor de todo eso. Y es valiente. Y es divertido. Y es breve. Como Horacio.


Esta es, también, la presentación en Capital, porque tuvo antes su presentación platense, donde dos platenses (Paula Tomassoni y Mario Arteca) dijeron unas palabras. Nosotros, con Edwards, tenemos el lujo de ser los porteños que hacen lo propio, acá, en la segunda casa de Horas, la ciudad de Bs As, porque él es de las dos orillas. Yo, en particular, no estoy acá por aquella deuda de ser un plan b, estoy porque Horas es un demente que me tiene confianza. Gracias.

Para mi es fácil, y a la vez difícil hablar de la obra de Horacio. Lo he leído tanto que no sé por dónde empezar. A la vez, lo conozco lo suficiente como para verle cualquier costura y puedo decir, créanme, que no hay ni una hilacha en Cerrá cuando te vayas. Este es un libro sin hojarasca. Preciso y precioso. Los textos son despojados, pero no escuetos. Trabajan con la memoria de la ciudad, del narrador, del cuerpo, de la emoción, de la historia argentina, de la política y del rock nacional. Es una gran oda a las pequeñas historias, es como el no va más del “juntos somos más”, pero sin lo cursi.

Sin desmerecer nada del pasado, me parece justo decir que Club Hem trata a Horas como no lo han tratado antes. Y me alegra. No sólo hay dos presentaciones y un booktrailer, este evento divino y las entrevistas y reseñas, más la contratapa de lujo de Mariana Enríquez y la tapa hermosa que diseñaron. Sé que este libro eran textos sueltos, que Horas venia hilvanando hace años y sé que les decía “cuentitos” o “textitos”, así que levanto mi copa por estos editores que lo sacaron del diminutivo, porque este gran trabajo lo merece.


Creo que es un mérito compartido. De Club Hem, porque hace su trabajo con amor, pero también de Horas, que finalmente comenzó a tratarse a él como nos trata a nosotros, sus cobains, a mí, su futbolista poética de la que es DT. Entonces por eso creo que encuentra este dónde y este cómo. Es un crecimiento personal, porque Horas no para de crecer. Y me alegra, se lo celebro como amiga, pero más aún como lectora.

Horacio es enemigo de muchas cosas, entre otras de la poesía de referencia, de la tilinguería, de la falsa modestia. Y milita, podría decir, contra eso en su vida, en su forma de ser, en su poesía y ahora también en su prosa. Cerrá cuando te vayas sucede en La Plata, esa ciudad extraña, perfecta y perfectible, como un sueño delirante de la arquitectura y el urbanismo que edifica escenarios bellos y monstruosos. Ahí pasa todo en esta novela, que es aterradora y hermosa, como Horas, y como sus ciudades (la de nacimiento y la que habita). Podría ser una de las ciudades invisibles que le narra el Marco Polo de Calvino al Gengis Kan.

En poesía, podría decir que Horacio era, en sus primeros libros (Caballo en la Catedral Zona muerta) un escritor agreta, demoledor. En Tolosa y Elegías, en cambio, transformó los voltajes en ondas electromagnéticas. Y si tragedia más tiempo es comedia, en el caso de Horacio podríamos pensar que furia más tiempo es potencia. Ese es el color y la música que tuvo el hermoso El sueño de las antenas (que nunca presenté pero es mi favorito de poesía); y esa misma marcha constante sin agotamiento, el punto justo en el que la voz y la escritura se van dejando lugar, una a la otra, con elegancia pugilista, es lo que lleva de su poesía a esta prosa.

Cerrá cuando te vayas es un libro sobre la adolescencia, sobre lo primitivo y bestial que fue y es ser adolescente (más en los 70), es sobre una época y un estado de ánimo. Está repleto de recuerdos pero sin un ápice de nostalgia. Es un registro del pasado casi quirúrgico, hecho por un cirujano loco, un Dr House. Hay humor, sexo, aburrimiento, personajes urbanos famosos, épicos, míticos, marginales, incorrectos, desencajados. Hay dictadura, escapes posibles que se toman o se dejan pasar y la potencia de la escritura, que es transparente, en lo técnico, pero funciona, en este caso, como una zona de oscuridad que si alguien no transitó, tiene 8 años, es un marciano o debería ir a terapia (o tomar peyote).

Compren el libro. Cerra cuando te vayas, Club Hem.

Daniela Pasik.