Paula Tomassoni: “El único modo de pintar tu aldea, es desde afuera”

El 8 de junio del 2016, Paula Tomassoni presentó, junto a Mario Arteca, el libro “Cerrá cuando te vayas”, de Horacio Fiebelkorn. A continuación, su parecer.

Hace unos días, a propósito de una nota que salió en La Nación sobre el circuito literario de la ciudad, escribí el siguiente comentario: “No sé si existe una literatura platense, pero lo que sí hay es una La Plata literaria”. Lo sabían en el XIX, lo supieron por el Centenario, lo sabemos ahora: la literatura construye naciones: di de mí, y seré lo que digas.

En ese sentido, Cerrá cuando te vayas es un texto fundacional de La Plata que, haciendo sistema con otros que vienen apareciendo desde hace algunos años, pintan esta aldea que habitamos. Reconozco dos líneas tradicionales en los relatos que han construido a la ciudad de las diagonales, de los naranjos, de los ministerios, de las universidades: por un lado, el relato épico, acuñado por familias de doble apellido, constelaciones de profesionales exitosos y patriarcas con bigote a lo Alfredo Palacios y cadena de reloj cruzando la panza de whisky; y por otro, el esotérico, que oscila entre lo fantasmagórico y lo masónico, y habla de una ciudad trazada sobre cálculos y números satánicos, como líneas directas al inframundo. Casi como si a cada monumento de mármol en la ciudad, le correspondiera un pariente deforme encerrado en el cuartito del fondo. Como si lo que el árbol tiene de florido, pugnara por ocultar lo putrefacto sepultado. Como si el trazado neogótico de la bella, bella, bella catedral reconociera como hijos propios a los túneles subterráneos por los que dicen que, durante la dictadura, trasladaban los cadáveres.

Por fuera de estas dos narraciones, ajena tanto al elogio del trazado perfecto como a los cálculos que combinan los números de las calles hasta dar 666, se instala la mirada de Fiebelkorn sobre La Plata y lo platense.

La ciudad cuadrada

En Cerrá cuando te vayas La Plata se describe como la ciudad planeada, la ciudad llena de edificios con caños dorados, la ciudad cuyo único paisaje es el horizonte.

Como bien marca Mariana Enríquez en la contratapa, este libro narra la ciudad, pero también la adolescencia y la opresión política. El narrador recorre, desde sus experiencias personales, la conformación de su propia subjetividad, y desde ella, la de la ciudad que la habita, en la que conviven sótanos, antros, aulas incendiadas, con espacios en donde encontrarse, como los bares a los que van los amigos o programas de radio que escuchar. (Cuando esos espacios se cierran, la ciudad no se habita, se deambula). El narrador, como un hacedor, construye con su voz estos lugares para instalarse después en ellos sin mucha comodidad: entra y sale, y no se termina quedando en ninguno. La mirada que se construye es propia y a la vez, ajena. Desde el titulo se invita al lector a alejarse, a la distancia. El único modo de pintar tu aldea, es desde afuera.

Las calles numeradas de uno a treinta y uno y de treinta y tres a setenta y dos, con una avenida cada seis y plazas equidistantes de las que salen las diagonales que todo lo simplifican, (o no), en estos textos que rumbean un poco por la crónica, un poco por el relato de memorias, La Plata muestra, entre tanta línea recta, sus bulbos tuberculosos.

Vecinos de todo pelaje

Los personajes épicos platenses comparten con los satánicos la marca de clase (¿o alguien conoce a algún demonio villero?). Los relatos de Fiebelkorn construyen otros héroes: es una galería de tipos y mujeres desclasados, no por marginales, sino por incorrectos, por oscuros y baratos. Personajes desencajados a partir de los que el narrador, del mismo modo que hizo con los escenarios, se describe a sí mismo, sus pensamientos, rechazos y devociones. El padre Carlos, “cirujano de la fe, nostálgico de la Inquisición”, doctorado en la enseñanza de higiene sexual y en las luchas contra Belcebú, el Loco Alberto, falopero del centro; “Tony Manero”, que bailaba como Travolta para los que quisieran verlo y para los que no; la sexy profesora de mecanografía; Aguilar, el poeta; el pibe del concurso Odol pregunta; el temido Negro José Luis, entre otros personajes que, desde sus excentricidades, van tejiendo la red que sostiene estos relatos.

Al igual que lo que sucede con los escenarios, los personajes se miran también desde afuera. Hay una resistencia del narrador a involucrarse emocionalmente, aún cuando la historia lo sugiere. Se sostiene, sobre todo, la mirada que atraviesa, que narra, que (cuando puede), explica.

Como un voyeur que se mira a sí mismo, el narrador anda solo, pegando con orden caprichoso los fotogramas que forman esta película.

Los que somos de La Plata pero hablamos en tercera cuando nos referimos a “la casta platense” nos reconocemos en este trazado a propósito desordenado e imperfecto. Los lectores foráneos pueden descubrir en este libro una ciudad desclasada, que, condenada a crecer a la sombra de la gran capital, combina su enormidad con espíritu de barrio. Los que son jóvenes pueden entender que entre las molduras de las paredes se esconden secretos siniestros y los que son viejos, recordarlos. Cerrá cuando te vayas es un libro para todos: para el bolsillo de la dama y la cartera del caballero, una guía turística de la ciudad que descubre que no era solo una, la piedra fundamental que había sido enterrada.

Mario Arteca: “Horacio y yo”

El 8 de junio del 2016, Mario Arteca presentó, junto a Paula Tomassoni, el libro “Cerrá cuando te vayas”, de Horacio Fiebelkorn. A continuación, su parecer.

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Este libro comienza con el reconstrucción de una tarea de higiene fallida en un aula del Colegio Nacional, en los ’70, y donde hay un incendio nada intencional (confunden agua con kerosene), y termina con una visita a dos tumbas del cementerio de La Plata. En el medio de esos dos sucesos personales, hay chispazos, una verdadera máquina de resucitar conversaciones, episodios, personas, que lejos de volverse un discurso neblinoso y nostálgico, consigue rehacer el camino temporal de volver algunas cosas a un presente necesario. En el epígrafe de Mario Levrero, que sirve de antesala al libro de Horacio Fiebelkorn, el escritor uruguayo asegura que lo que le interesa es recordar, en su sentido etimológico que significa “despertar”, y esa puede ser una de las claves para entender el uso poético del recuerdo, en el caso de este texto. Porque en definitiva se trata de cómo nuestro autor utiliza los elementos del pasado para involucrarnos en un estado en suspenso, como si fuera el uso de una continuidad temporal.

Aquella noche en La Plata arrojaron semillas que florecieron como nuevas canciones, nuevos poemas, que se sumaron a lo que ya venía generando la ciudad en sus rincones más ardientes y luminosos. La historia venía de antes. La historia continúa.”. Ese es el final de la semblanza crítica que Horacio realiza del concierto conjunto de Aquelarre y Pescado Rabioso en el Club Atenas de nuestra ciudad, en 1973, tal vez el único testimonio narrado de aquella presentación. Este es un punto alto en “Cerrá cuando te vayas”, porque no sólo rescata un momento importante, generacional y musicalmente hablando, sino porque pone en espejo la temperatura de un instante acaso único en la vida de esos chicos que fueron a ese recital, antes de la catástrofe. Lo preciso de ese texto, plagado de sentidos y observación estética, es que Horacio se refiere a esa música como una forma de “interpelar” los cuerpos, lo que consigue –así lo dice– un hecho revolucionario en sí mismo. El rock no sólo era belleza y calmaba a las fieras internas, sino que también lograba penetrar en lo más íntimo de la percepción. Era el descubrimiento de una estética. Y el libro de Horacio Fiebelkorn parece hablarnos desde esa cocina personal. Y también refiere a las modificaciones impuestas por una realidad no siempre dócil. También existen momentos donde Fiebelkorn define su territorio, o mejor dicho, “el territorio”, ese no-lugar donde no hay paisaje ni puerto ni montaña, y lo que aparece en verdad es la ficcionalización de una ciudad que no sale de ser un proyecto cautivo. Lo que puede leerse en “Cerrá cuando te vayas” es la respuesta a cómo vivir el “ser en sí” del pasado, una fórmula que nos lleva a la reminiscencia y a la memoria involuntaria, como decía Deleuze con relación a Proust. Esto representa, en todos los textos de “Cerrá cuando te vayas”, una etapa de aprendizaje del arte de escribir estos retazos, sin caer en sensiblerías.

Todo buen libro siempre consigue tercerizar la experiencia. Cuando leemos estos textos, sucede que un poco vivimos los segmentos de una vida que no es nuestra pero que se hace propia, porque por fuerza de las palabras y sobre todo de los diálogos, la obra nos intoxica con su intensidad, con un dolor ralentizado y también con su humor, su acidez para disponer de los hechos recordados. Personalmente, muchos de esas ambientes internos los conocía, o bien viví escenas parecidas; o pude verme en algunas de ellas como si hubiésemos tenido existencias semejantes. Y en el medio de ello está la voz de Horacio Fiebelkorn, su manera de decir, de retratar las tipologías, de no conceder ninguna palabra que mitigue la descripción, por más duro que sea el retrato.

Su encuentro con la “Bestia Pop” (el llamado “Negro José Luis”, jefe entonces de la hinchada de Gimnasia, un ser terrible e impune) marca también el espacio y lugar del hombre que recuerda. Se trata de un protagonista que no es un héroe. En ningún momento Horacio se pone delante de los sucesos, al contrario, se involucra con ellos, y él juega el rol que la evocación le concede. Ocurre lo mismo cuando se ve a sí mismo como un adolescente con mucho tiempo desperdiciado por delante, yendo a jugar al flipper a Cáritas, y teniendo experiencias desagradables que impone una nueva huida, pero encontrándose con sus primeros libros y su relación con la lectura. Más tarde, la literatura.

Si algún lector busca en este texto momentos de su experiencia como escritor, no la encontrará, porque se trata un libro que nos muestra cómo un autor se alimenta de hechos colaterales al acto de escribir. Hasta hallamos una vida en la redacción del más influyente diario de la ciudad, es decir, sus primeros reportajes y el incesante contacto con personajes de la ciudad, que también formó parte de la construcción de una persona curiosa, que lee y ya escribía. También se recuerda la ausencia de un diploma de egresado del colegio (experiencia que compartimos, aunque en el caso mío, dos años después), porque el momento político, durante la dictadura, cifraba toda una manera de cancelar la vida del otro, hasta dejar al individuo anónimo, sin identidad. Ya se sabe.

Cerrá cuando te vayas” es un caldo homogéneo de pequeños fotogramas de una vida que se hace, se construye a sí misma con tropiezos y debilidades, inclusive pone a disposición los efectos de la época de la década del 90, donde muchos se sintieron expulsados y donde ese nomadismo se hizo más palmario, desde la búsqueda de trabajo hasta la convivencia con seres semejantes en domicilios inciertos, que también tenían su grado de calidez, su cuota de alimento y de refugio.

Finalmente, algunas especulaciones sobre el título del libro. Colocado dentro del Epílogo, en esa visita al cementerio, Horacio evoca su propia incapacidad para las despedidas, su lucha contra el nomadismo, la huida de aquellos a los que se quiso, y la ausencia de la vuelta atrás. Una huida hacia adelante. Las puertas, dice el autor, siempre se dejaban abiertas, nunca se cerraban, tal vez porque esa era una manera de hacer menos dolorosa una salida. Y en ese último momento del libro, alguien susurra al oído, tras visitar dos tumbas: “Cerrá cuando te vayas”. Tenía que ser una voz anónima, aunque podría ser la propia quien diera esa sugerencia disfrazada como orden. Creo leer allí algún otro signo. En ese final de estos textos sin género, lo que se cierra es una etapa, o varias etapas de una vida, tanto personal como empírica, y tal vez literaria. Ahora, no se trata de una despedida, sino de aquello que bien escribió Mark Strand en su poema “Madre e hijo”: “Ha comenzado el entierro de los sentimientos”. Pero no se trata de un entierro literal en este caso, sino de esa puerta que por primera vez parece cerrada por voluntad propia, y porque la experiencia continúa, nos dice Fiebelkorn, y en todos los sitios posibles.

MARIO ARTECA