Iván Suasnábar: “Fantasmas que se vislumbran en el silencio de los amantes”

Iván Suasnábar reseña Todo el tiempo de cero, de Paula Peyseré, publicado por Club Hem Editores en el 2015.

Todo el tiempo de cero es mucho más que el registro obsesivo y descarnado de un duelo amoroso. Si a primera vista la ruptura de pareja asoma como tema central -el amor y sus contrariedades: posesión, pérdida y añoranza del objeto amoroso-, una lectura más atenta nos indica que estamos frente a algo ciertamente distinto. Peyseré construye una suerte de ensayo temporal en primera persona que explora, no tanto el carácter fragmentario de la memoria sino más bien la propia cualidad material del tiempo: denso, tangible, asfixiante.

El recuerdo se aplasta y el tiempo de cero

es un sello que mete un zumbido;

la técnica del amorolvido prendió su motor.

El yo de estos poemas se desliza mentalmente a través de una serie de compartimentos en los que tiene lugar una y otra vez la misma escena: la intimidad de dos amantes sumergidos en un universo que hace de la sexualidad su centro de gravedad. Ciertos materiales se repiten obsesivamente a lo largo del libro: hornos, brasas, carbones, hilos de fuego. Alrededor de estos elementos, se despliega un campo semántico que acentúa el carácter corrosivo del recuerdo. Imaginarios de destrucción en el que poderosas bocas se alimentan de cualquier objeto evocado.

En el recuerdo

una conversación al pasar puede ser agua estancada,

basura quemada de la conversación en un pozo.

Hay algo en el universo de estos poemas que me remiten a The Ballad of Sexual Dependency, aquella magnífica serie de fotografías que Nan Goldin (1953) realizó a mediados de los años ´80. No sólo por la elección común de ciertos lugares -baños, camas, habitaciones- y acciones concretas –fumar, dormir, beber, hacer el amor-, sino más bien por todo aquello que se deja entrever al interior de estos reductos mal iluminados. Fantasmas que se vislumbran en el silencio de los amantes. Figuras del deseo hundidas en una intimidad tan intensa como evanescente.

Como Goldin, Peyseré construye su topografía amorosa en torno a elementos concretos de la vida cotidiana: colchones y sábanas gastadas, botellas vacías, colillas de cigarrillos, sogas con ropa tendida, escaleras de emergencia. Una enumeración viscosa que extrae su fuerza evocativa de la corporeidad intrínseca de cada objeto. Como una gran mancha de aceite, el tiempo tiñe todas las cosas: se imprime en los cuerpos, abarcándolo todo.

Desde el fondo del pozo, ese olor vuela,

hacia otros lugares se esparce,

hacia el resto de las casas donde la gente está por dormir.

Todo el tiempo de cero avanza mediante intermitencias y sobresaltos. No hay linealidad cronológica en la evocación. Sólo secuencias intercaladas que distan mucho de perseguir una continuidad temporal y/o causal. Frente al lugar común de concebir al tiempo como requisito indispensable para la superación del trauma, estos poemas operan en sentido inverso: el paso del tiempo fija los objetos, los clava en la memoria.

El tiempo se queda casi quieto

y el espacio se mueve y se pliega.

 

El tiempo, medio duro.

El espacio se mueve.

Un tratamiento de lo temporal que refuerza la idea de repetición e inmovilidad que atraviesa todo el poemario. Tiempos detenidos, escenas congeladas en la memoria que no pueden sino regresar desde un más allá plagado de erotismo. Aunque las coordenadas espaciales pueden variar, el carácter rumiante y obsesivo de la rememoración prosigue su curso, horadando el discurso de la voz que recuerda. Una memoria implacable que, como nos informa el verso final de uno de los mejores poemas del libro, arma brasas nuevas con lo poco de fuego.

Iván Suasnábar